julio 08, 2016

Satoshi Kitamura.


—¿Por qué decidiste mudarte de Tokio a Inglaterra?

—Mientras me encontraba en Inglaterra ilustré mi primer libro, Angry Arthur (texto de Hiawyn Oram). Después regresé a Japón a finales de 1981 y volví a mi antiguo trabajo como ilustrador comercial. Mi editor inglés (Andersen Press) me envió un texto (Ned and the Joybaloo) para que lo ilustrara. Además, Kestrel Books (de Penguin Books) me envió una colección de poemas de Roger McGough para que la ilustrara. Eso me hizo pensar que quizá podría hacer carrera como ilustrador en Inglaterra. Para averiguarlo, regresé allí por unos meses. De hecho, un par de días después de mi salida de Japón recibí un telegrama en el que me decían que había ganado el Mother Goose Award. En ese entonces yo no sabía nada sobre ese premio, pero mi regreso a Inglaterra coincidía con su presentación.

En esa época no existía internet, ni siquiera las máquinas de fax eran habituales. Cuando había problemas al trabajar con algún libro, tenía que escribirle al autor o al editor y esperar a que respondieran dos semanas después. Todo era bastante más lento. Y era un inconveniente que viviera en Japón y trabajara para editores británicos. Así que pensé en mudarme allí, pero necesitaba un permiso de trabajo. Mi editor escribió una carta al Home Office UK y pude obtener el permiso relativamente rápido. De modo que a finales de 1983 comencé a vivir y trabajar en Londres.

—¿Cómo comenzaste a trabajar?

—Sucedió un día en 1980, después de más o menos un año viviendo en Londres. Me sentía aburrido, tirado en la cama de mi pequeño cuarto. De pronto, me vino una historia a la cabeza. Pensé que podría ser un libro si lo ilustraba. Así que pasé los siguientes días haciendo dibujos. Cuando lo terminé hice como una docena de fotocopias. Pensé en enviarlas a editores, ¡pero no conocía ninguno! Así que fui a la librería, busqué los libros que me gustaban, copié las direcciones de las editoriales que venían impresas en las páginas legales y les mandé las fotocopias y una carta a 10 editores. Para mi sorpresa, todos respondieron, incluso aquellos que decían no estar interesados (me dio la sensación de que los ingleses eran muy educados). Siete editores me pidieron que fuera a verlos, así que comencé a visitar sus oficinas. (…) Me dieron ánimo, pero la industria estaba pasando por tiempos difíciles y era arriesgado contratar a un nuevo ilustrador totalmente desconocido. Con el tiempo, algunos de esos editores se volvieron mis amigos.

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