abril 13, 2017

ILUSTRADORES PREMIADOS.

El Premio Hans Christian Andersen
1966 – Alois Carigiet (Suiza)
1968 – Jiří Trnka (Checoslovaquia)
1970 – Maurice Sendak (Estados Unidos)
1972 – Ib Spang Olsen (Dinamarca)
1974 – Farshid Mesghali (Irán)
1976 – Tatjana Mawrina (Unión Soviética)
1978 – Svend Otto S. (Dinamarca)
1980 – Suekichi Akaba (Japón)
1982 – Zbigniew Rychlicki (Polonia)
1984 – Mitsumasa Anno (Japón)
1986 – Robert Ingpen (Australia)
1988 – Dusan Kállay (Checoslovaquia)
1990 – Lisbeth Zwerger (Austria)
1992 – Kveta Pacovská (República Checa)
1994 – Jörg Müller (Suiza)
1996 – Klaus Ensikat (Alemania)
1998 – Tomi Ungerer (Francia)
2000 – Anthony Browne (Reino Unido)
2002 – Quentin Blake (Reino Unido)
2004 – Max Velthuijs (Países Bajos)
2006 – Wolf Erlbruch (Alemania)
2008 – Roberto Innocenti (Italia)
2010 – Jutta Bauer (Alemania)

abril 10, 2017

Libro álbum.


Hijo de la cultura visual, el libro álbum propone una experiencia lúdica y sensorial de lectura que desafía los parámetros tradicionales de la literatura infantil.
Por Gabriela Baby para La Nación
Cuando nuestras abuelas leían cuentos a nuestras madres y nuestros padres, seguramente lo hacían de libros ilustrados. Hechas con plumín y en tinta china -como las de John Tenniel para la primera edición de Alicia en el país de las maravillas, en 1866- o a todo color y en diseños actuales, las ilustraciones de los libros infantiles siguen al pie de la letra lo que la historia narra en palabras. Y el niño que aún no sabe leer sigue en imágenes lo que el texto cuenta.
Si se tienen en cuenta los datos de venta, el crecimiento del libro álbum es innegable. En nuestro país, el rubro de la literatura infantil y juvenil, al que pertenece, fue el único segmento del sector editorial que tuvo un crecimiento sostenido en los últimos cinco años: desde 2011 acumula un incremento del 15 por ciento, y en el último año -un año “estancado” según la Cámara Argentina de Publicaciones (CAP)-, la venta de títulos para chicos y jóvenes creció un 5,5 por ciento. Además, el segmento de mayor crecimiento fue el de aquellos libros que se dirigen a niños de 5 a 10 años, rango de edad al que las editoriales orientan el libro álbum.
Síntoma de este crecimiento es también la feliz aparición de editoriales que se dedican al género. Así lo señala Silvia Aristimuño, bibliotecaria y responsable de Libros del Vendaval, una librería dedicada al libro álbum, inaugurada en 2010: “Hace unos años comenzaron a aparecer editoriales locales que publican este tipo de libros. Y hay muchas ahora: Calibroscopio, Limonero, Ediciones del Eclipse, Una Luna, Pípala (de Adriana Hidalgo), Pequeño Editor, La Brujita de Papel y Del Naranjo tienen títulos muy interesantes y de calidad”, señala la experta. En esta última década, el libro álbum dejó de ser un lujo importado (de México, de España usualmente) para convertirse en un producto nacional de carácter y creatividad genuinos. “Vivimos en una cultura visual y el libro álbum es hijo de eso”, reflexiona la bibliotecaria, que comenzó con ventas por Internet y hace poco inauguró salón de exposición en el living de su casa.

¿Género o formato?

De tapa dura o blanda, de grandes tamaños o en dimensiones muy pequeñas, a todo color o en blanco y negro, con mucho, poco o nada de texto, el libro álbum despliega un contrapunto indisoluble de imágenes y palabras.
“Las imágenes tienen una gran voluntad narrativa y pueden por sí solas contar eficazmente una historia. Un libro álbum cuenta con una preeminencia del lenguaje visual, pero la comunicación se da en su alternancia con el lenguaje escrito. Esto genera un metalenguaje muy propio de esta época, porque nuestra formación cultural nos encuentra haciendo ese ?salto’ intermitente entre la imagen y el texto para llegar a destino: basta prender una computadora para atravesar íconos y palabras sin distinguir demasiado unas de otras. Lo mismo ocurre en una ciudad y, por supuesto, en un libro álbum”, dice Daniela Kantor, integrante de la cátedra Daniel Roldán de la materia Ilustración (Facultad de Diseño Gráfico, UBA). En esta materia, los alumnos analizan y trabajan diversos aspectos de la gráfica que se ponen en juego en la producción del libro álbum: maqueta, ritmo y recursos narrativos de la imagen, tipografías, estilos, paleta de colores, entre otros.
“Un libro álbum apela al tacto, a la percepción de colores, de formas, a las evocaciones y sonidos de las palabras, que promueven un complejo discurso que resuena y construye modos de leer. Un libro álbum permite lecturas diversas y genera un lector que queda desbordado frente a una propuesta estética diferente. El tiempo de lectura y el tiempo del lector parecen detenerse ante un libro álbum y leer se convierte en retornar sobre él una y otra vez para disfrutar de la aparente sencillez del discurso verbal y de la profusión de las imágenes”, definen Mariel Rabasa y María Marcela Ramírez, autoras de Desbordes. Las voces del libro álbum I y II, (Ediuns), dos tomos que recopilan investigaciones académicas sobre este género.
Como la poesía, como la pintura, el libro álbum despliega (y requiere) un tiempo de observación y lectura que detiene el agitado ritmo de lo cotidiano. Y en la tensión que establecen entre ilustraciones, diseño y palabras puede contar muchas cosas: historias de amor, de dolor, de pérdida; historias policiales, poesías, parodias de cuentos tradicionales y un sinfín de etcéteras. “Yo lo llamo macrogénero, porque involucra, cruza y recibe a varios géneros. Además, el libro álbum no viene de la literatura para adultos, sino que va hacia la literatura para adultos. Porque el mercado editorial los propone generalmente para chicos pero, aun aquellos adultos que sostienen que los libros con ilustraciones son para chicos, se ven atraídos e interpelados por estos libros: frente a ellos se sienten otra vez con ganas de ser niños. En realidad, los libros álbum vinieron a sacudir la idea de que hay una edad para leer determinados libros”, afirma Cecilia Bajour, magíster en Literatura Infantil.

Zona de juegos

Además del cruce, simbiosis o metalenguaje que las palabras e imágenes componen, el libro álbum ancla su dinámica narrativa en el juegos. “Como las nanas o los limericks, en el libro álbum hay mucho juego: las imágenes y los textos juegan a las escondidas -al dilatar la resolución de una intriga, por ejemplo- o a las adivinanzas, cuando postergan una respuesta o dan pistas con las imágenes de lo que las palabras no dicen. Otras veces, las imágenes amplían la información que está en el texto, o la contradicen, y en este caso se establece una relación irónica entre ambas. También la imagen puede parodiar historias clásicas, exagerar o recortar una parte de lo que dicen las palabras o reírse desde la ilustración de lo que el texto cuenta”, señala Bajour, que en su libro La orfebrería del silencio. La construcción de lo no dicho en los libros-álbum (Comunicarte) analiza recursos retóricos puestos al servicio de esta nueva narrativa.
Juegos de imágenes y palabras abundan en autores como el inglés Anthony Browne (que tiene más de veinte títulos), Lane Smith (autor de ¡Es un libro!), el mexicano Juan Gedovius (dibujante y autor de Trucas), Maurice Sendak, (Donde viven los monstruos), Istvan Banyai (autor de Zoom), Gilles Bachelet (Mi gatito es el más bestia) y muchos otros.
Autores que también se la juegan: “Cuando pienso un libro me obsesiono con este poder generador de múltiples lecturas cruzadas, por eso me gusta pensarlo como objeto, me gusta que el lector se vea desafiado a poner el cuerpo para descifrarlo, tenga que moverse, comprometerse con ese otro cuerpo que es el libro, moverlo, darlo vuelta, descubrirlo, desconcertarse”, dice Istvansch, autor e ilustrador local con más de veinte libros álbum publicados.
“Mis libros tienen algo irónico, algo un poco salvaje,” reflexiona Isol, cuya obra mereció el Premio Astrid Lindgen (casi el Nobel en Literatura Infantil) en 2013. A tal punto llegan su desparpajo e ironía que no duda en ilustrar sin matices la furia de una madre (El globo), la extrañeza que genera en un niña su propia familia (Secretos de familia) ni la pérdida de cabezas en un reino muy especial (La bella Griselda), todos publicados por Fondo de Cultura Económica, entre otras osadas aventuras.
“En general, los libros álbum son libros abiertos, con muchas interacciones, que revelan un lector polisémico y con mayor juego intertextual. El libro álbum integra al lector desde diversas perspectivas, con textos e imágenes que invitan permanentemente a volver sobre ellos, pero no siempre desde el mismo lugar ni con las mismas estrategias lectoras. En este sentido, además, están generando un lector doble: niño y adulto”, dice la especialista Mariel Rabasa.
Pero el juego, el color, la experimentación física y lectora requieren de un ritmo, una dosificación de la información, zonas de silencio insoslayables para que el lector pueda construir su lectura. “En los libros álbum interesantes hay siempre un espacio de lo no dicho. Los buenos libros álbum son aquellos que de manera muy sutil despliegan el arte de crear este silencio. Y a partir de este silencio, el libro álbum atenta contra lo explicativo, algo que con bastante frecuencia se presenta en los libros infantiles”, señala Bajour, que a la vez cita algunas “manías” propias del libro dirigido a chicos y jóvenes: “Sobredecir, explicar, repetir ideas, poner un narrador que guíe el relato y otros procedimientos retóricos suelen indicar el significado de hechos o personajes. En esos casos no hay lectura, sino un sentido impuesto que presentan los adultos. En esta actitud proteccionista, en realidad, los adultos están colonizando sentidos, no dejan leer”, dice Bajour.
A contramano de esta tendencia, el libro álbum invita a leer de manera autónoma, incluso a aquellos lectores que no decodifican la palabra escrita: “Cuando las imágenes crean lazos de complicidad con el lector más allá de las palabras que lee el adulto, le otorgan un poder al chico, el poder de leer”, dice la especialista. Entonces el lector puede armar su propio recorrido: lee y es libre.

En compañía

El libro álbum -en su gran despliegue visual y lúdico- invita a la lectura compartida. No sólo padres y chicos -generalmente antes de dormir- se encuentran para la ceremonia de leer, sino que también muchas escuelas multiplican sus grupos de lectores, que comparten miradas, lecturas, interpretaciones. En Sobre- líneas. El libro álbum en la escuela (Ediciones Del Dragón), María Cristina Thomson narra su experiencia como formadora de clubes de lectura en escuelas primarias. “Quise observar cómo responderían a este tipo de libro lectores alfabetizados de quinto grado. Comencé llevando imágenes, reproducciones de cuadros de Magritte, de Archimboldo, y luego agregué una selección de libros álbum. Más que proponer un entrenamiento especial para decodificar estos libros, me propuse ofrecerles un menú rico y variado de lecturas, y la posibilidad de poder comentar con pares y docentes sobre ellos”, dice Thomson.
En una escuela de Balvanera y otra de Núñez surgieron lectores, activos y motivados, que generaron intensos debates. “La experiencia socializadora de lectura permite un intercambio valioso que favorece tanto la escucha como la comunicación. Los lectores afinan sus conceptos, debaten, escuchan. Cuando se hace una lectura solitaria, el libro álbum desafía y amplía la posibilidad de lectura. Pero cuando la lectura se hace grupal, se suma un intercambio más fuerte, la conversación se torna una estrategia de comunicación y aprendizaje. Es muy enriquecedor ir buscando y dando voz a las diferentes miradas”, resume Thomson una experiencia en la que surgieron aguerridas discusiones y originalísimas lecturas. ¿Quién da más?
Mientras padres y maestros se quejan de la profusión de pantallas, el libro álbum -silenciosamente- se abre paso. ¿Cuál es su futuro? En la cátedra de Ilustración de Diseño Gráfico dicen: “Es una feliz paradoja que en medio de la avalancha digital haya una dimensión sensorial en el material impreso que es irreemplazable. Contar historias a los niños es una actividad tan arcaica que tiene una fuerza propia que le garantiza supervivencia por un largo tiempo”.
Objeto estético, lectura lúdica que permite recorridos de ida y de vuelta (y nuevas vueltas de lectura): los libros álbum desafían al lector a probar otras formas de leer. Sin fronteras de edad, invitan a disfrutar de la lectura desbordada.

Algunos imprescindibles

Emigrantes, de Shaun Tan (Arcos de la frontera, España)
El globo, de Isol (Fondo de Cultura Económica).
Voces en el parque y En el bosque de Anthony Browne (Fondo de Cultura Económica).
Zoom, de Istvan Banyai (Fondo de Cultura Económica).
Mi abuelo, de Catarina Sobral (Limonero).
Mi pequeño, de Germano Zullo y Albertine (Limonero)
Candombe, de Bianki (Pequeño editor)
Los misterios del Señor Burdick, de Chris Van Allsburg (Fondo de Cultura Económica)
La verdadera historia de los tres cerditos, de Jon Scieszka (Thule Ediciones)
Cocorocó, de Didi Gru y Christian Monenegro (Pequeño editor).
Hay días, de María Wernicke (Calibroscopio)
Puatucha Rentes, la leyenda olvidada, de Istvansch (Calibroscopio)
Detrás de él estaba su nariz, de Istvansch (Libros del Eclipse)
Donde viven los monstruos, Maurice Sendak (Alfaguara)
Prohibido ordenar de Mario Mendez y Mariano Díaz Prieto (Pequeño editor)
Día de pesca, Laurent Moreau (Adriana Hidalgo – Pípala).

abril 06, 2017

http://biblioteca05de06.blogspot.com.ar/
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Links

Enrique Martínez, ilustrador cubano.

Enrique Martínez nació en Cuba, en 1947. Comenzó a ilustrar libros para niños hace tanto, pero tanto tiempo, que ya no recuerda qué lo motivó a escoger esa profesión. En la actualidad, y después de tropezar con muchas piedras durante cuarenta años, le ha tomado el gusto a manchar y emborronar papeles y, luego de haber ilustrado más de trescientos libros, considera que le sería difícil encontrar un trabajo tan divertido como éste.
Estudia en la Escuela Nacional de Arte (ENA) de la Habana, graduándose en la especialidad de pintura y diseño gráfico en 1970. Continúa sus estudios en el Instituto Superior de Arte (ISA) y se gradúa en la especialidad de grabado en el año 1989. Participó como miembro del Comité Internacional de la Bienal de Ilustración de Bratislava, Checoeslovaquia en los años 1981, 85 y 89. Durante su vida profesional ha impartido talleres de postgrado y diplomados en la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco, Instituto Nacional de Bellas Artes y la Universidad Iberoamericana en México. Ha ilustrado más de 300 libros para niños y jóvenes en editoriales de Cuba, México, Venezuela, Nicaragua, Colombia, Brasil, Japón, España, Argentina, Puerto Rico, U.S.A., entre otros. Actualmente reside en México y Cuba.




diciembre 17, 2016

Color of the year 2017. GREENERY PANTONE

Una sombra refrescante y revitalizante, el verde es símbolo de nuevos comienzos.El verde es un tono amarillo-verde fresco y zesty que evoca los primeros días de la primavera cuando los verdes de la naturaleza reviven, restauran y renuevan. Ilustrativo del follaje floreciente y de la exuberancia del aire libre, los atributos de fortificación del verde indican a consumidores tomar una respiración profunda, oxigenar y revigorizar.El verdor es neutral de la naturaleza. Cuanto más gente sumergida está en la vida moderna, mayor es su deseo innato de sumergirse en la belleza física y la unidad inherente del mundo natural. Este cambio se refleja en la proliferación de todas las cosas que expresan Greenery en la vida cotidiana mediante la planificación urbana, la arquitectura, el estilo de vida y las opciones de diseño a nivel mundial. Una constante en la periferia, el verde se está ahora sacando a la vanguardia - es un matiz omnipresente en todo el mundo.Una sombra que afirma la vida, el verde es también emblemático de la búsqueda de las pasiones personales y la vitalidad.¿Cuál es el color PANTONE del año?Una selección simbólica de color; Una instantánea en color de lo que vemos ocurriendo en nuestra cultura global que sirve como una expresión de un estado de ánimo y una actitud.

julio 16, 2016

La manzana y la mariposa.

Trazos para la imaginación infantil.

Cinco ilustradores revelan sus estrategias para desarrollar las imágenes de los libros destinados a conquistar el gusto de los lectores más pequeños.

Sentirse un poco niño en los distintos momentos de la cotidianidad no solo es una forma de abrirle la puerta a la felicidad, también es una manera de desarrollar el trabajo de un ilustrador de cuentos infantiles. Así lo considera Rosana Faría, reconocida desde hace 26 años por su labor como ilustradora en el segmento editorial infantil.
“El niño interno es el que permite desarrollar la expresión creativa en este campo y en todos los quehaceres de la vida, porque hasta en la ciencia es ese pequeño que llevamos por dentro lo que nos hace posible crear nuevos caminos. De igual forma, es importante saber conectarse con los niños en general”, asevera la autora de las ilustraciones de diversas publicaciones, entre ellas, El libro negro de los colores, escrito por Menena Cottin y diseñado especialmente para niños invidentes.
“Este trabajo de ilustrar es tan metódico en el área de la creación y de la imaginación, como de la investigación y la documentación. Por otra parte, cuando uno recibe un texto es muy importante conectarse con la intención que tuvo el autor al escribirlo y luego con las referencias que en esa historia aparecen. Uno se tiene que sumergir en ese relato para darle vida a sus imágenes”.


Desarrollar imágenes para historias dirigidas al segmento infantil no es un asunto de mucha matemática, sino más bien de corazón, de acuerdo al ilustrador y caricaturista Raymond Torres. “Ilustrar para los más pequeños requiere de saber poner la racionalidad en el lugar que menos moleste, sin extirparla. Además, se debe tener claro que la lógica de un adulto no es la de un niño. Es preciso recordar que, como son pequeñitos y su alma se mantiene pura, ellos ven detalles que a los adultos se nos van olvidando y que suelen ser la esencia de la vida. No se trata de un proceso consciente”, explica este profesional del área, mejor conocido como Ray.
Como ilustrador, a diferencia del artista plástico, se trabaja con tiempos de entrega y el reloj marca el paso. “La experiencia va dando la fluidez necesaria y la conexión precisa con esa zona interna donde se aloja el recuerdo infantil, para que la creatividad se haga presente y así tener capacidad de respuesta de frente al proyecto planteado. A veces, cual cuento de hadas, se requiere de un beso para despertar a la musa. Pero, en el caso de nosotros los ilustradores, le tenemos que dar el beso a nuestra musa nosotros mismos”, afirma este experto poseedor de una trayectoria de más de dos décadas, referencia en este sector profesional en el país.


Es preciso conectarse con el niño interior para realizar ilustraciones para libros infantiles, tal y como lo ve Ricardo Sanabria, profesional con más de 15 años de trayectoria en el área. “Todos los ilustradores coincidimos en eso. Ese pequeño lo tenemos todos por dentro y debe mantenerse vivo. Al meterme en ese papel es cuando empiezo a vincularme con lo que voy a desarrollar. Esto es indispensable para intentar apuntar hacia qué le pudiera gustar a los pequeñitos. Es un proceso complejo, porque es preciso ponerse en los zapatos de un infante y, al mismo tiempo, cumplir con lo que el cliente está pidiendo, que puede ser un cuento dentro de un libro escolar o un cuento más libre. Además, es fundamental tener muchas referencias sobre la historia con la que se está trabajando y esto se encuentra a través de la investigación”, comenta.
Sanabria asegura que quienes elaboran imágenes para cuentos infantiles tienen una serie de cualidades particulares. “Es importante ser dueño de una sensibilidad responsable. También es necesario ese gusto por investigar, en lo que el amor por la lectura es clave. No es buena idea inclinarse por un solo estilo, sino que se debe estar dispuesto a probarlo todo”, señala este hacedor de imágenes, y también periodista e infógrafo.


Para llegar a la mente de un niño no existe un solo camino, hay muchos. Tal es el enfoque del artista plástico e ilustrador Gerald Espinoza, al momento de desarrollar imágenes para cuentos infantiles. “Cuando me dan un texto para el público infantil, que voy a ilustrar, puedo trabajar un poco con el humor. Para lograrlo, exploro los motivos de la risa de los niños y eso me permite conectarme con ellos”.
Espinoza admite esforzarse por recordar aquello que le sucedió cuando era pequeño y que esté enlazado con la historia con la que trabaja. “Si el recuerdo no viene a mi mente, le consulto a mi mamá o a alguna tía si me sucedió algo parecido. De esa forma busco al chiquillo que fui y lo enlazo con lo que estoy haciendo”, expone el autor de los dibujos que ilustran libros como Perro Picado de Reyva Blanco y Disparate de Eugenio Montejo. “También es útil interactuar con los niños de ahora y observar su comportamiento. Ellos aportan otros elementos que podrían faltar en ese proceso creativo, porque no los viví o porque en la actualidad es distinto".


Esperar a la inspiración no es una opción válida. El ilustrador debe encontrar por sí mismo ese estado emocional que le permite llegar a la visión del niño. Por eso, Javier Bravomalo, profesional de este campo desde hace 5 años, se rodea de elementos que pudieran ser del gusto de los más pequeños.
Así comienza a conectarse con el niño que fue para realizar las ilustraciones del relato infantil. “Lo primero que hago es estar claro de qué es exactamente lo que se necesita; es un trabajo y es preciso cumplir con ciertas pautas. Luego, me valgo de música e imágenes infantiles; también veo películas para ese segmento, sobre todo las que disfruté cuando era pequeño. Eso me ayuda a recordar esa etapa de mi vida y a dibujar desde los ojos del niño. Eso sí, ya con el conocimiento de las técnicas del ilustrador y con la responsabilidad de un adulto”, relata este profesional dedicado a tiempo completo a desarrollar imágenes para cuentos y proyectos escolares.
Bravomalo revela que ilustrar para niños es una labor que le ofrece libertad de expresión y mantener el entusiasmo en todo momento. “Hay proyectos en los que las ilustraciones requieren de un proceso tan elaborado y largo, que se corre el riesgo de perder la emoción. Eso no me sucede con aquellas dirigidas al público infantil, porque las técnicas que se usan en estos casos permiten fluir rápidamente”

Pasos del proceso.



julio 08, 2016

Tony Ross.

Piet Grobler.

Basia Batorska.

Basia Batorska (1933)

Nunca se hizo la pregunta de quién sería ni distinguió entre la vida y el arte. Comenzó a dibujar simplemente lo que veía. Y como en general todo era maravilla, y lo que no era ella lo transformaba en su mente como prodigio, Basia Batorska (Polonia, 1933) trasladó al papel los árboles milenarios, los bisontes europeos, los helechos, las montañas, las vacas y los caballos para dejar constancia de eso que conocía.

De niña, con su abuela conoció la geografía y la historia de muchos pueblos; supo del arte romántico desplegado en museos y le asombró la grandiosa maestría de Durero. Pero como vivía en el bosque polaco, prolongación de la selva negra alemana, otro tipo de arte ocupó también su vida: aprendió a diferenciar árboles jóvenes de añejos y amó a los bisontes que su padre escondía cuando los rusos y alemanes invadieron la tierra en la que ella creció por escasos seis años. Luego, junto con su familia fue deportada al sur de Rusia, donde perdió a su padre y abuela, viajó luego a Persia (hoy Irán) y cuando hizo escala en la India, su madre tuvo que elegir el siguiente destino: África, Inglaterra o México. Como existía un pariente en Estados Unidos la selección no fue ardua: el país vecino del sur se convirtió en la opción a la que llegó en 1943, con diez años, una escuela y la posibilidad de tener un cuaderno, un lápiz y sinfín de hojas llenas de dibujo.

La sobrevivencia y la etapa de persecución y miedo quedaban atrás. Basia nunca tuvo tiempo para guardar rencores contra rusos o alemanes. Los Montes Urales eran tan hermosos "recuerda" que no le quedaba tiempo para odiar. Y cuando llegó a la ex hacienda de Santa Rosa, cerca de León, Guanajuato, tampoco le dio tiempo para impactarse con la violenta postguerra cristera. La vivió como continuación de su historia europea y se aferró a la convicción de que la violencia no formaría parte de su existencia. El arte sí.

Como no pudo darse el lujo de estudiar antes de casarse, concluyó una carrera comercial para trabajar; luego, cuando se casó, dedicó su tiempo completo a la Filosofía y las Letras en el Instituto Tecnológico de Monterrey.

Pero en la veta artística siempre se alió a la autoformación. Sus maestros eran los clásicos: analizaba la obsesiva atención de Durero al dibujar un conejo o una hierba; estudiaba los fondos que el Giotto repetía en algunas telas así como la milagrosa diferencia que Monet captaba en sus versiones de la Catedral de Rouen. Junto a estos maestros a distancia, su amiga Ester González le enseñó la técnica del grabado y el pintor Vlady le mostró la forma de abordar el claroscuro sin trazar una línea.

Aliada de la disciplina, descreída de la improvisación, dice que insistir en sus series de montañas, animales, flores o bosques le da oficio. Y esa es la base para volar a donde se le da la gana. Con el oficio cualquier experimento encuentra un cimiento seguro.

No sólo Rembrandt y Turner son sus otros maestros preferidos. También el arte chino. Trae a la memoria el libro The way of chinese painting, donde se establece que tener base significa conocer el alma de las cosas. Si quieres pintar una piedra, debes conocerla, saber qué la conforma por dentro y por fuera. Por eso estudia desde la médula, la estructura ósea, las nervaduras y los tendones en hojas y cuadrúpedos. Sabe lo que conforma a un caballo y cuando dibuja una sola línea sabe también que lo sintetiza.

Así, amante de gatos y elefantes, osos y rinocerontes, anda siempre a la búsqueda del oficio que le permita retratar ese florero o esa cabra montés que en su naturaleza delicada y fuerte es uno de sus pendientes dibujísticos. Y junto a su chimenea, acompañada de su música y un gato negro descomunal que más parece perro, Basia se apresta a trabajar la luz y la sombra en sus próximos grabados. Para 2007 hará una exposición en Xalapa y hoy sigue alimentando sus permanentes impulsos interiores. Esa necesidad imperativa de expresarse a través de la pintura, el dibujo y el grabado con los cuales comparte su mundo tal y como lo ve. Eso que quiere ver sensacional pero no siempre es un mundo feliz. Eso que quiere expresar como constante enamorada de la belleza. Por ello es su reto pintar inviernos y aspirar a que los otros sientan el frío del monte, el sonido del viento, el canto entre las montañas. Ese infinito que es la pintura, ese detener el tiempo que es el grabado, eso que no se mueve más con el dibujo y sin embargo puede generar torbellinos.

Satoshi Kitamura.


—¿Por qué decidiste mudarte de Tokio a Inglaterra?

—Mientras me encontraba en Inglaterra ilustré mi primer libro, Angry Arthur (texto de Hiawyn Oram). Después regresé a Japón a finales de 1981 y volví a mi antiguo trabajo como ilustrador comercial. Mi editor inglés (Andersen Press) me envió un texto (Ned and the Joybaloo) para que lo ilustrara. Además, Kestrel Books (de Penguin Books) me envió una colección de poemas de Roger McGough para que la ilustrara. Eso me hizo pensar que quizá podría hacer carrera como ilustrador en Inglaterra. Para averiguarlo, regresé allí por unos meses. De hecho, un par de días después de mi salida de Japón recibí un telegrama en el que me decían que había ganado el Mother Goose Award. En ese entonces yo no sabía nada sobre ese premio, pero mi regreso a Inglaterra coincidía con su presentación.

En esa época no existía internet, ni siquiera las máquinas de fax eran habituales. Cuando había problemas al trabajar con algún libro, tenía que escribirle al autor o al editor y esperar a que respondieran dos semanas después. Todo era bastante más lento. Y era un inconveniente que viviera en Japón y trabajara para editores británicos. Así que pensé en mudarme allí, pero necesitaba un permiso de trabajo. Mi editor escribió una carta al Home Office UK y pude obtener el permiso relativamente rápido. De modo que a finales de 1983 comencé a vivir y trabajar en Londres.

—¿Cómo comenzaste a trabajar?

—Sucedió un día en 1980, después de más o menos un año viviendo en Londres. Me sentía aburrido, tirado en la cama de mi pequeño cuarto. De pronto, me vino una historia a la cabeza. Pensé que podría ser un libro si lo ilustraba. Así que pasé los siguientes días haciendo dibujos. Cuando lo terminé hice como una docena de fotocopias. Pensé en enviarlas a editores, ¡pero no conocía ninguno! Así que fui a la librería, busqué los libros que me gustaban, copié las direcciones de las editoriales que venían impresas en las páginas legales y les mandé las fotocopias y una carta a 10 editores. Para mi sorpresa, todos respondieron, incluso aquellos que decían no estar interesados (me dio la sensación de que los ingleses eran muy educados). Siete editores me pidieron que fuera a verlos, así que comencé a visitar sus oficinas. (…) Me dieron ánimo, pero la industria estaba pasando por tiempos difíciles y era arriesgado contratar a un nuevo ilustrador totalmente desconocido. Con el tiempo, algunos de esos editores se volvieron mis amigos.