diciembre 17, 2016

Color of the year 2017. GREENERY PANTONE

Una sombra refrescante y revitalizante, el verde es símbolo de nuevos comienzos.El verde es un tono amarillo-verde fresco y zesty que evoca los primeros días de la primavera cuando los verdes de la naturaleza reviven, restauran y renuevan. Ilustrativo del follaje floreciente y de la exuberancia del aire libre, los atributos de fortificación del verde indican a consumidores tomar una respiración profunda, oxigenar y revigorizar.El verdor es neutral de la naturaleza. Cuanto más gente sumergida está en la vida moderna, mayor es su deseo innato de sumergirse en la belleza física y la unidad inherente del mundo natural. Este cambio se refleja en la proliferación de todas las cosas que expresan Greenery en la vida cotidiana mediante la planificación urbana, la arquitectura, el estilo de vida y las opciones de diseño a nivel mundial. Una constante en la periferia, el verde se está ahora sacando a la vanguardia - es un matiz omnipresente en todo el mundo.Una sombra que afirma la vida, el verde es también emblemático de la búsqueda de las pasiones personales y la vitalidad.¿Cuál es el color PANTONE del año?Una selección simbólica de color; Una instantánea en color de lo que vemos ocurriendo en nuestra cultura global que sirve como una expresión de un estado de ánimo y una actitud.

julio 16, 2016

La manzana y la mariposa.

Trazos para la imaginación infantil.

Cinco ilustradores revelan sus estrategias para desarrollar las imágenes de los libros destinados a conquistar el gusto de los lectores más pequeños.

Sentirse un poco niño en los distintos momentos de la cotidianidad no solo es una forma de abrirle la puerta a la felicidad, también es una manera de desarrollar el trabajo de un ilustrador de cuentos infantiles. Así lo considera Rosana Faría, reconocida desde hace 26 años por su labor como ilustradora en el segmento editorial infantil.
“El niño interno es el que permite desarrollar la expresión creativa en este campo y en todos los quehaceres de la vida, porque hasta en la ciencia es ese pequeño que llevamos por dentro lo que nos hace posible crear nuevos caminos. De igual forma, es importante saber conectarse con los niños en general”, asevera la autora de las ilustraciones de diversas publicaciones, entre ellas, El libro negro de los colores, escrito por Menena Cottin y diseñado especialmente para niños invidentes.
“Este trabajo de ilustrar es tan metódico en el área de la creación y de la imaginación, como de la investigación y la documentación. Por otra parte, cuando uno recibe un texto es muy importante conectarse con la intención que tuvo el autor al escribirlo y luego con las referencias que en esa historia aparecen. Uno se tiene que sumergir en ese relato para darle vida a sus imágenes”.


Desarrollar imágenes para historias dirigidas al segmento infantil no es un asunto de mucha matemática, sino más bien de corazón, de acuerdo al ilustrador y caricaturista Raymond Torres. “Ilustrar para los más pequeños requiere de saber poner la racionalidad en el lugar que menos moleste, sin extirparla. Además, se debe tener claro que la lógica de un adulto no es la de un niño. Es preciso recordar que, como son pequeñitos y su alma se mantiene pura, ellos ven detalles que a los adultos se nos van olvidando y que suelen ser la esencia de la vida. No se trata de un proceso consciente”, explica este profesional del área, mejor conocido como Ray.
Como ilustrador, a diferencia del artista plástico, se trabaja con tiempos de entrega y el reloj marca el paso. “La experiencia va dando la fluidez necesaria y la conexión precisa con esa zona interna donde se aloja el recuerdo infantil, para que la creatividad se haga presente y así tener capacidad de respuesta de frente al proyecto planteado. A veces, cual cuento de hadas, se requiere de un beso para despertar a la musa. Pero, en el caso de nosotros los ilustradores, le tenemos que dar el beso a nuestra musa nosotros mismos”, afirma este experto poseedor de una trayectoria de más de dos décadas, referencia en este sector profesional en el país.


Es preciso conectarse con el niño interior para realizar ilustraciones para libros infantiles, tal y como lo ve Ricardo Sanabria, profesional con más de 15 años de trayectoria en el área. “Todos los ilustradores coincidimos en eso. Ese pequeño lo tenemos todos por dentro y debe mantenerse vivo. Al meterme en ese papel es cuando empiezo a vincularme con lo que voy a desarrollar. Esto es indispensable para intentar apuntar hacia qué le pudiera gustar a los pequeñitos. Es un proceso complejo, porque es preciso ponerse en los zapatos de un infante y, al mismo tiempo, cumplir con lo que el cliente está pidiendo, que puede ser un cuento dentro de un libro escolar o un cuento más libre. Además, es fundamental tener muchas referencias sobre la historia con la que se está trabajando y esto se encuentra a través de la investigación”, comenta.
Sanabria asegura que quienes elaboran imágenes para cuentos infantiles tienen una serie de cualidades particulares. “Es importante ser dueño de una sensibilidad responsable. También es necesario ese gusto por investigar, en lo que el amor por la lectura es clave. No es buena idea inclinarse por un solo estilo, sino que se debe estar dispuesto a probarlo todo”, señala este hacedor de imágenes, y también periodista e infógrafo.


Para llegar a la mente de un niño no existe un solo camino, hay muchos. Tal es el enfoque del artista plástico e ilustrador Gerald Espinoza, al momento de desarrollar imágenes para cuentos infantiles. “Cuando me dan un texto para el público infantil, que voy a ilustrar, puedo trabajar un poco con el humor. Para lograrlo, exploro los motivos de la risa de los niños y eso me permite conectarme con ellos”.
Espinoza admite esforzarse por recordar aquello que le sucedió cuando era pequeño y que esté enlazado con la historia con la que trabaja. “Si el recuerdo no viene a mi mente, le consulto a mi mamá o a alguna tía si me sucedió algo parecido. De esa forma busco al chiquillo que fui y lo enlazo con lo que estoy haciendo”, expone el autor de los dibujos que ilustran libros como Perro Picado de Reyva Blanco y Disparate de Eugenio Montejo. “También es útil interactuar con los niños de ahora y observar su comportamiento. Ellos aportan otros elementos que podrían faltar en ese proceso creativo, porque no los viví o porque en la actualidad es distinto".


Esperar a la inspiración no es una opción válida. El ilustrador debe encontrar por sí mismo ese estado emocional que le permite llegar a la visión del niño. Por eso, Javier Bravomalo, profesional de este campo desde hace 5 años, se rodea de elementos que pudieran ser del gusto de los más pequeños.
Así comienza a conectarse con el niño que fue para realizar las ilustraciones del relato infantil. “Lo primero que hago es estar claro de qué es exactamente lo que se necesita; es un trabajo y es preciso cumplir con ciertas pautas. Luego, me valgo de música e imágenes infantiles; también veo películas para ese segmento, sobre todo las que disfruté cuando era pequeño. Eso me ayuda a recordar esa etapa de mi vida y a dibujar desde los ojos del niño. Eso sí, ya con el conocimiento de las técnicas del ilustrador y con la responsabilidad de un adulto”, relata este profesional dedicado a tiempo completo a desarrollar imágenes para cuentos y proyectos escolares.
Bravomalo revela que ilustrar para niños es una labor que le ofrece libertad de expresión y mantener el entusiasmo en todo momento. “Hay proyectos en los que las ilustraciones requieren de un proceso tan elaborado y largo, que se corre el riesgo de perder la emoción. Eso no me sucede con aquellas dirigidas al público infantil, porque las técnicas que se usan en estos casos permiten fluir rápidamente”

Pasos del proceso.



julio 08, 2016

Tony Ross.

Piet Grobler.

Basia Batorska.

Basia Batorska (1933)

Nunca se hizo la pregunta de quién sería ni distinguió entre la vida y el arte. Comenzó a dibujar simplemente lo que veía. Y como en general todo era maravilla, y lo que no era ella lo transformaba en su mente como prodigio, Basia Batorska (Polonia, 1933) trasladó al papel los árboles milenarios, los bisontes europeos, los helechos, las montañas, las vacas y los caballos para dejar constancia de eso que conocía.

De niña, con su abuela conoció la geografía y la historia de muchos pueblos; supo del arte romántico desplegado en museos y le asombró la grandiosa maestría de Durero. Pero como vivía en el bosque polaco, prolongación de la selva negra alemana, otro tipo de arte ocupó también su vida: aprendió a diferenciar árboles jóvenes de añejos y amó a los bisontes que su padre escondía cuando los rusos y alemanes invadieron la tierra en la que ella creció por escasos seis años. Luego, junto con su familia fue deportada al sur de Rusia, donde perdió a su padre y abuela, viajó luego a Persia (hoy Irán) y cuando hizo escala en la India, su madre tuvo que elegir el siguiente destino: África, Inglaterra o México. Como existía un pariente en Estados Unidos la selección no fue ardua: el país vecino del sur se convirtió en la opción a la que llegó en 1943, con diez años, una escuela y la posibilidad de tener un cuaderno, un lápiz y sinfín de hojas llenas de dibujo.

La sobrevivencia y la etapa de persecución y miedo quedaban atrás. Basia nunca tuvo tiempo para guardar rencores contra rusos o alemanes. Los Montes Urales eran tan hermosos "recuerda" que no le quedaba tiempo para odiar. Y cuando llegó a la ex hacienda de Santa Rosa, cerca de León, Guanajuato, tampoco le dio tiempo para impactarse con la violenta postguerra cristera. La vivió como continuación de su historia europea y se aferró a la convicción de que la violencia no formaría parte de su existencia. El arte sí.

Como no pudo darse el lujo de estudiar antes de casarse, concluyó una carrera comercial para trabajar; luego, cuando se casó, dedicó su tiempo completo a la Filosofía y las Letras en el Instituto Tecnológico de Monterrey.

Pero en la veta artística siempre se alió a la autoformación. Sus maestros eran los clásicos: analizaba la obsesiva atención de Durero al dibujar un conejo o una hierba; estudiaba los fondos que el Giotto repetía en algunas telas así como la milagrosa diferencia que Monet captaba en sus versiones de la Catedral de Rouen. Junto a estos maestros a distancia, su amiga Ester González le enseñó la técnica del grabado y el pintor Vlady le mostró la forma de abordar el claroscuro sin trazar una línea.

Aliada de la disciplina, descreída de la improvisación, dice que insistir en sus series de montañas, animales, flores o bosques le da oficio. Y esa es la base para volar a donde se le da la gana. Con el oficio cualquier experimento encuentra un cimiento seguro.

No sólo Rembrandt y Turner son sus otros maestros preferidos. También el arte chino. Trae a la memoria el libro The way of chinese painting, donde se establece que tener base significa conocer el alma de las cosas. Si quieres pintar una piedra, debes conocerla, saber qué la conforma por dentro y por fuera. Por eso estudia desde la médula, la estructura ósea, las nervaduras y los tendones en hojas y cuadrúpedos. Sabe lo que conforma a un caballo y cuando dibuja una sola línea sabe también que lo sintetiza.

Así, amante de gatos y elefantes, osos y rinocerontes, anda siempre a la búsqueda del oficio que le permita retratar ese florero o esa cabra montés que en su naturaleza delicada y fuerte es uno de sus pendientes dibujísticos. Y junto a su chimenea, acompañada de su música y un gato negro descomunal que más parece perro, Basia se apresta a trabajar la luz y la sombra en sus próximos grabados. Para 2007 hará una exposición en Xalapa y hoy sigue alimentando sus permanentes impulsos interiores. Esa necesidad imperativa de expresarse a través de la pintura, el dibujo y el grabado con los cuales comparte su mundo tal y como lo ve. Eso que quiere ver sensacional pero no siempre es un mundo feliz. Eso que quiere expresar como constante enamorada de la belleza. Por ello es su reto pintar inviernos y aspirar a que los otros sientan el frío del monte, el sonido del viento, el canto entre las montañas. Ese infinito que es la pintura, ese detener el tiempo que es el grabado, eso que no se mueve más con el dibujo y sin embargo puede generar torbellinos.

Satoshi Kitamura.


—¿Por qué decidiste mudarte de Tokio a Inglaterra?

—Mientras me encontraba en Inglaterra ilustré mi primer libro, Angry Arthur (texto de Hiawyn Oram). Después regresé a Japón a finales de 1981 y volví a mi antiguo trabajo como ilustrador comercial. Mi editor inglés (Andersen Press) me envió un texto (Ned and the Joybaloo) para que lo ilustrara. Además, Kestrel Books (de Penguin Books) me envió una colección de poemas de Roger McGough para que la ilustrara. Eso me hizo pensar que quizá podría hacer carrera como ilustrador en Inglaterra. Para averiguarlo, regresé allí por unos meses. De hecho, un par de días después de mi salida de Japón recibí un telegrama en el que me decían que había ganado el Mother Goose Award. En ese entonces yo no sabía nada sobre ese premio, pero mi regreso a Inglaterra coincidía con su presentación.

En esa época no existía internet, ni siquiera las máquinas de fax eran habituales. Cuando había problemas al trabajar con algún libro, tenía que escribirle al autor o al editor y esperar a que respondieran dos semanas después. Todo era bastante más lento. Y era un inconveniente que viviera en Japón y trabajara para editores británicos. Así que pensé en mudarme allí, pero necesitaba un permiso de trabajo. Mi editor escribió una carta al Home Office UK y pude obtener el permiso relativamente rápido. De modo que a finales de 1983 comencé a vivir y trabajar en Londres.

—¿Cómo comenzaste a trabajar?

—Sucedió un día en 1980, después de más o menos un año viviendo en Londres. Me sentía aburrido, tirado en la cama de mi pequeño cuarto. De pronto, me vino una historia a la cabeza. Pensé que podría ser un libro si lo ilustraba. Así que pasé los siguientes días haciendo dibujos. Cuando lo terminé hice como una docena de fotocopias. Pensé en enviarlas a editores, ¡pero no conocía ninguno! Así que fui a la librería, busqué los libros que me gustaban, copié las direcciones de las editoriales que venían impresas en las páginas legales y les mandé las fotocopias y una carta a 10 editores. Para mi sorpresa, todos respondieron, incluso aquellos que decían no estar interesados (me dio la sensación de que los ingleses eran muy educados). Siete editores me pidieron que fuera a verlos, así que comencé a visitar sus oficinas. (…) Me dieron ánimo, pero la industria estaba pasando por tiempos difíciles y era arriesgado contratar a un nuevo ilustrador totalmente desconocido. Con el tiempo, algunos de esos editores se volvieron mis amigos.